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José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange: "Si nuestros objetivos han de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque ¿quién ha dicho -al hablar de 'todo menos la violencia'- que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, si, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay mas dialéctica admisible que la dialéctica de los puños cuando se ofende a la justicia o a la Patria"

 

El papel de la Falange en la represión franquista
Florencio Dimas Balsalobre


Frases aparte, conforme voy avanzando en la investigación del aparato represivo franquista, no acierto a penetrar en las profundas motivaciones que llevaron a Falange a asumir el papel más relevante en el programa represivo implantado por el régimen franquista (me refiero a un territorio que se mantuvo leal a la República hasta el final).

Aunque el Requeté cubrió una importantísima cuota de terror en su zona de dominio (la Rioja, Navarra, Álava, etc) parece ser que, acabada la contienda fue relevada en estos menesteres por los "camaradas" de las 'Delegaciones del Servicio de Documentación e Información de FET y de las JONS' (la Gestapo española) en sus cometidos policial-represivos.

No tengo noticia de que, hasta hoy, se haya publicado trabajo alguno dedicado al estudio específico de esa faceta falangista que tanto significó para la implantación de la 'seguridad' en la retaguardia -durante la guerra- y para la implantación del nuevo régimen a partir de 1939 y hasta el final de los años 40.

Al menos en lo que llevo leído sobre actuaciones de milicias falangistas, no aprecio una diferencia significativa en la 'intensidad' represiva de FE en el 'antes' y el 'después' de la ejecución de José Antonio el 20-11-36, ya que la práctica de las ejecuciones irregulares, las sumariales, las torturas y el sotemiento por el terror, fue una actividad característica desde el 18 de Julio de 1936 por parte de los 'camisas azules' y hasta bien adentrada la posguerra..

Cuando uno se desenvuelve en el estudio del ámbito local (pueblo a pueblo) y va poniendo caras, nombres y hechos, de los que se derivan gravísimas consecuencias para los vencidos, por mucho que uno intente 'sumergirse' en los recovecos mentales de estos sicarios del Glorioso Movimiento Nacional, no acierta a hallar la clave de tanta inquina, de tanta rabia persecutoria, de tanta miseria moral en sujetos que, en su mayoría, pertenecían a una 'baja burguesía', educada en las 'buenas formas' y por cuyo 'trabajo' policial, aparte de la posibilidad de lucimiento de uniformes y pistolas, solo les reportaba unos ingresos muy bajos (entre cuatro y siete pesetas diarias, por término medio en 1939-40) con unos horarios desmedidos que implicaban largas caminatas, detenciones, apaleamientos, indagaciones e interrogatorios.

No varía mucho el talante de la Falange de un pueblo a otro. Sorprende encontrar esta 'uniformidad' en las conductas en personas que no habían tenido una 'preparación doctrinal ni funcionarial' en una sociedad con tan amplio catálogo de caracteres, dando la impresión de que mediase un riguroso 'casting' para la selección de individuos con esta carga de patologías sádicas e inquisidoras como condición esencial.

El encarcelamiento y en muchos casos, el asesinato de los líderes falangistas en los primeros momentos de la sublevación, pudieran dar la clave de estas conductas tan agresivas y exaltadas, abonadas con la exaltación del 'martiriologio', pero no parece que el atávico sentido de la venganza propio de las posguerras, justificase tal obcecación de hostilidad contra los vencidos, una vez satisfecha este ansia justiciera al fusilar sumarial o arbitrariamente a los principales responsables del Frente Popular y demás relevantes opositores políticos de izquierdas, comprobando como la masa más importante de sus víctimas la integran modestísimos obreros, jornaleros y personas con escasa significación en el organigrama republicano, acusados de horrendos crímenes o achacándoles los epítetos más degradantes, sin aportar en la mayoría de los casos más el propio testimonio del redactor del documento y de quién se lo dicta.

Siguen pasando ante mi vista informes del SDI de FET y de las JONS fechados en 1943, con calificaciones como "indivíduo muy peligroso para nuestro Movimiento Nacional sin posibilidad de enmienda" lo que, en términos contextuales, invitaba al fiscal a pedir la última pena para los procesados, ya que de todos los certificados que informan los Sumarios, es el de Falange el más significativo para el Fiscal de la Auditoria de Guerra y el que sirve de referencia a los demás órganos informantes; Alcaldía, Policía y Guardia Civil, para redactar los suyos (casi siempre confeccionados al pie de la letra y hasta, en algún caso, repitiendo las faltas ortográficas).

Sería muy interesante penetrar en el 'alma' de este "cuerpo" represivo, retroalimentado por la venganza por la persecución de que 'los suyos' fueron objeto, pero en donde permanecen ocultos muchos otros componentes psicológicos que convendría esclarecer.

Tanta maldad, no solamente me impresiona, si no que me produce un sentimiento de perplejidad e incomprensión.

Agradecería comentarios fundamentados. Florencio Dimas (e-mail)


 

Un siniestro ejemplo: Con mono blanco, Rafael Medina Vilallonga, rodeado de sus falangistas de la Guardia Cívica, unidad especializada en la represión de retaguardia durante la Guerra Civil, (que mandaba el comandante Erquicia). Rafael Medina fue autor material de numerosos asesinatos a sangre fría, eso sí, siempre invocando su deber por Dios y por España. Casado con la duquesa de Alcalá, hija de los Medinaceli. (Montse Armengou y Ricard Belis, en Las Fosas del silencio)

 

La Escuadra Negra

Javier Memba

Habida cuenta de que fue allí donde se asesinó a Federico García Lorca, de la represión en Granada, donde «el suelo se tiñó literalmente de sangre», se sabe más que de la puesta en marcha en Melilla, en Málaga o en Toledo.

Allí, las cuerdas de asesinos se hacían llamar Escuadra Negra, Defensa Armada, Españoles Patriotas. «Era frecuente que se dirigieran al cementerio, en cuyas tapias fusilaban», escribe Rafael Torres. «Estas víctimas, a diferencia de las enviadas desde la cárcel, que eran asesinadas por pelotones compuestos por falangistas, guardias civiles y voluntarios al mando de un oficial del Ejército, no llevaban tarjeta de identificación, que se colocaba en sus bolsillos al salir de prisión, y que no podían tocar pues llevaban las manos atadas a la espalda.
Así pues, los centenares o miles de paseados por las escuadras negras eran enterrados en fosas comunes sin identificar, sumándose así al enorme número de desaparecidos que generó el terror fascista en Granada».

Fueron tantos los cadáveres que los matarifes abandonaban en el cementerio, que el guarda acabó volviéndose loco y hubo de ser llevado al manicomio, «para no volver jamás». «Su casa, en la portería -situada a la entrada del cementerio- le resultaba intolerable», escribe la escritora norteamericana Helen Nicholson, quien en el verano del 36 pasaba sus vacaciones en el camino que llevaba a la necrópolis y hoy es una de las fuentes documentales de Torres. «No podía evitar oír los tiros y a veces otros sonidos -los lamentos y quejidos de los agonizantes- que hacían de su vida una pesadilla».

Decía Robespierre que las revoluciones, para serlo, necesitan sangre. En España su teoría se verificó con creces. «La actuación salvaje, desmesurada y brutal de los golpistas provocó, a su vez, la ciega furia de las masas».

Las checas que proliferaron en Madrid, las sacas y los paseados que nunca volvieron, los fusilados en Paracuellos del Jarama también tienen su merecido lugar en esta memoria del horror.En calidad, la barbarie revolucionaria no desmereció a la fascista: se mató, se torturó y se ultrajó a mujeres con la misma saña en ambos bandos. En cantidad, según Torres, la cosa fue muy diferente: «En la zona rebelde el número de asesinados triplica a los habidos en la zona gubernamental». Recuerda también que los asesinados por el terror revolucionario pudieron ser buscados por sus familiares cuando acabó la guerra y que fueron venerados como mártires por los vencedores.
Bien distinto fue el caso de la carne de cañón de ambos bandos, materialmente imposible de reconocer, a la que Torres recuerda bajo el epígrafe de Carne rota. Sus testimonios en estas páginas son los diarios de dos enfermeras voluntarias. Una de ellas, María Eloína de Carrandera, destinada en un hospital habilitado en el casino de la madrileña calle de Alcalá, que acabaría por desaparecer ella misma durante un bombardeo, escribe refiriéndose al 11 de noviembre de 1936: «Uno de los nuevos muere en seguida, sin identificar siquiera, con la cabeza casi deshecha. Se le fue apagando la respiración, aquella tan veloz que traía, y ya está. No bajé la ficha a la oficina porque ni siquiera la tenía».

La otra enfermera que el autor trae a colación es Priscilla Scott-Ellis, esposa de José Luis de Vilallonga, una aristócrata inglesa que atendía a los franquistas. Destinada en un hospital de Teruel, su relato, referido a la muerte de un soldado, es igualmente estremecedor: «Miramos en sus bolsillos si había alguna dirección para escribir pero sólo encontramos una patética carta de su prometida diciendo (...) que le permitían casarse con él cuando volviera de la guerra (...). Como no había dirección no podemos escribir para contarle lo que ha pasado. Había prisa para empezar a operar a otro y el capitán pidió que se lo llevaran cuando el hombre aún vivía. Supongamos que volviera en sí y se encontrara rodeado de cadáveres o sepultado vivo».

 

La Falange en la represión fascista

Miguel Moliné Escalona25 de Abril de 2001

A diferencia de lo sucedido en la zona republicana, la represión formó parte, desde el primer momento, de la estrategia diseñada por los sublevados para alcanzar el poder[9] y se centraría fundamentalmente en cargos políticos republicanos, militares leales a la República, intelectuales, dirigentes políticos, sindicales y líderes obreros y de las casas del pueblo de las localidades que ocupaban o que dominaban desde un primer momento.

En las zonas proclives a la rebelión y rápidamente dominadas por los sublevados, se instauró un régimen de terror indiscriminado para evitar que el enemigo pudiera organizar la resistencia. Buena prueba de ello fue lo sucedido en Navarra, Mallorca, Soria, La Rioja … sólo en esta última se produjeron más de 2000 asesinatos. En estas zonas, la Falange asume, con el beneplácito militar, la responsabilidad de llevar a la práctica las consignas fascistas.

Mientras, Queipo de Llano y Franco organizan la limpieza de la retaguardia según avanzan sus fuerzas. Se producen sacas con el consentimiento del mando militar, y hubo fusilamientos en las cunetas, en las tapias de los cementerios y en el extrarradio de los centros urbanos. Se llegó incluso a la quema de cadáveres para evitar el peligro de epidemias.

Conforme la sublevación derivaba en una guerra y las zonas ocupadas se constituían en un nuevo Estado, la represión fue institucionalizándose. La depuración política y la censura alcanzaron todos los niveles y se extendieron a todas las actividades, tanto públicas como privadas. Se pretendió enmascarar esta situación con la emisión de diversos decretos y disposiciones legales, que culminaron con la publicación el 9 de febrero de 1939 de la ley de “Responsabilidades Políticas”. Ley, que ya en su artículo primero violaba uno de los principio irrenunciables del Derecho al sancionar “retroactivamente”: «Se declara la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde el 1 de octubre de 1934 y antes de julio de 1936 contribuyeron a crear o agravar la subversión …»

Amparados en estas disposiciones, los consejos de guerra dictaron, en ausencia de cualquier garantía procesal, numerosas sentencias de muerte tomando el relevo a los falangistas y los fusilamientos por rebelión militar se sucederían a lo largo de toda la guerra. Esto no impidió que continuaran los paseos hasta mucho después de acabar la guerra, si bien a una escala muchísimo menor que durante los primeros meses del conflicto.

El máximo apogeo se alcanzó con el nombramiento en octubre de 1937 de Severiano Martinez Anido como jefe de Seguridad Interior para la retaguardia[10]. Para completar el cuadro, los sublevados extendieron la represión al frente, principalmente con el bombardeo de la aviación sobre objetivos civiles, como Guernica o Granollers. Una vez finalizada la guerra, el proceso de “normalización” continuó desarrollándose. A partir de las denuncias efectuadas por cualquier vecino[11] o de las pesquisas realizadas por los servicios de investigación de la Falange, la Guardia Civil o la propia Falange procedían a la detención del sospechoso.

El detenido, si sobrevivía al interrogatorio, comenzaba un rosario de instrucciones sumariales para finalizar delante de un consejo de guerra, normalmente masivo, donde el defensor – militar – poco o nada podía hacer salvo pedir clemencia. Si le declaraban culpable y era condenado a muerte, el reo era trasladado a la cárcel donde, de madrugada, se efectuaban las sacas.

Igual suerte corrieron muchos de los que, confiados por la propaganda fascista[12], volvieron de Francia tras la finalización de la guerra. Militares leales a la República y dirigentes de los partidos políticos y sindicales fueron los principales objetivos durante la posguerra.En definitiva …, la represión se consolida, bajo cobertura legal, como instrumento político para asegurar y defender el nuevo Estado, siendo las propias autoridades las que inician y extienden el terror por toda España como medio para alcanzar sus objetivos políticos.
Miguel Moliné Escalona

[1] La cuantificación de las víctimas sigue siendo hoy cuestión de debate entre los historiadores.
[2] Lo sucedido en esta región merece, por sus particularidades, un estudio aparte.
[3] Cerca de 7000 religiosos fueron asesinados
[4] Entre otros muchos, cabe destacar las actitudes de Melchor Rodríguez, Julián Zugazagoitia, Joan Peiró y Lluis Companys cuyas intervenciones salvaron de la muerte a numerosas personas.
[5] Por ejemplo, el 90 % de los asesinatos cometidos en Cataluña se produjeron entre julio y diciembre de 1936.
[6] Servicio de Investigación Militar cuyos centros de detención, conocidos con el nombre de «chekas», han pasado a la historia como sinónimo de terror.
[7] Los aparatos policiales fueron alcanzando una gran autonomía y llegaron a constituir casi un Estado dentro del Estado
[8] Partido Obrero de Unificación Marxista
[9] La instrucción reservada n† 1, firmada en Madrid el 25 de mayo de 1936, dirigida a los futuros jefes del pronunciamiento decía: “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no adictos al Movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas”. Una vez iniciada la revuelta en Pamplona, Mola insiste: es necesario propagar una atmósfera de terror (…).
[10] Fue tal la dimensión alcanzada por el terror que desde las propias filas franquistas fue considerada la situación como intolerable.
[11] Las delaciones eran consideradas como un deber patriótico.
[12] La propaganda rezaba así: «si no has manchado tus manos con delitos comunes ven. Franco te ofrece la paz, trabajo, pan y justicia. Si nos has cometido crímenes, no tienes que temer. La España Nacional es justa y generosa. La España nacional ampara al prisionero que no ha cometido crímenes»

NOTA: Nos ha llegado la noticia de que la familia de José Landera Cachón "Periquete" y otros vecinos han recibido varias llamadas telefónicas, algunas de ellas con amenazas veladas y sugerencias de "olvidarse" del asunto por parte de ciertos familiares de los presuntos asesinos, pues según ellos, "tienen todo el dinero necesario para empapelarles y complicarles la vida".

Foro por la Memoria, haciendo suya la causa de todas las personas que fueron víctimas de la dictadura surgida del criminal golpe de estado fascista de 1936, desea manifestar su más sincera solidaridad con las familias de “Periquete” y "Carrero". Así mismo, suscribe todo el contenido del documento y la investigación realizada sobre el asesinato de José Landera Cachón "Periquete" y su compañero Perfecto Álvarez González "Carrero".
José María Pedreño Gómez, Presidente de Foro por la Memoria, 28 de Febrero de 2003 (e-mail)


 

Las cifras de los dos bandos

David Solar • Diario El Mundo N. 335 • Marzo 2002

Propaganda. Durante casi cuatro décadas las víctimas de la Guerra Civil fueron casi exclusivamente material propagandístico. En 1938 Franco llegó a decir que la horda marxista había asesinado a 470.000 españoles y hasta los 70 los vencedores ocultaron la mortandad que causaron. En 1974 Ricardo de La Cierva admitió que pudo haber 8.000 asesinatos.

Hasta aquí, sólo propaganda.

Terror "rojo". Concluida la Guerra Civil, los vencedores trataron de apoyar en datos las cifras propagandísticas. Así se puso en marcha la Causa General en la que, provincia por provincia, se buscó a las víctimas del terror republicano. Como se suponía que habían sido cientos de miles, hubo una decepción general al contabilizar los muertos obtenidos. Balance final: unos 80.000 muertos.

La investigación de Ramón Salas Larrazábal bajaba la cifra de la represión republicana a 72.342 personas. Años después, Ángel David Martín rebaja las víctimas de la República a unas 60.000. Y dos años más tarde un equipo de investigadores coordinado por Santos Juliá redujo el número a 55.000, cantidad que los historiadores toman por aproximada.

Terror "blanco". El estudio más reciente, hecho pueblo a pueblo en 24 provincias completas y en cinco parciales, arroja 78.949 muertos. Si se extrapolan a todo el país, podrían ser 130.000 los asesinados por el bando nacional (90.000 durante la guerra, 40.000 en la posguerra).

Más geografía, más tiempo. Las diferencias entre ambas represiones tienen una explicación: a partir de 1938 la republicana sólo se podía ejercer sobre la mitad de la Península y se terminó en marzo de 1939. Los vencedores dominaron mayor espacio a partir de 1937 y mantuvieron una durísima venganza durante toda la década de los 40.


 

 

La Guardia Civil ayuda a buscar por primera vez a un desaparecido de la Guerra Civil
Pilar Infiesta • El Bierzo, León - Marzo 2003


La investigación del represaliado, pionera en España, llevó a los agentes hasta una tumba sin placa en Regueras
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En un hecho sin precedentes en la reciente historia española, la Guardia Civil ubicada en León ha colaborado en la búsqueda de un desaparecido en la Guerra Civil. Un particular solicitó el pasado 14 de noviembre a la dirección general que le ayudara a conocer el paradero de su padre, al que vio por última vez hace 67 años. La investigación recayó en la unidad de Policía Judicial de la Zona, que, tirando del hilo, descubrió que la víctima había recibido un tiro a bocajarro en las inmediaciones de Regueras de Arriba en 1936. Los vecinos de la época tuvieron la gallardía de enfrentarse a las autoridades y enterrar el cadáver en el cementerio, eso sí sin placa.

Las dificultades que han encontrado los familiares de los paseados en la Guerra Civil para localizar y recuperar los cadáveres de sus hijos, sus padres o sus abuelos podrían disiparse si la Guardia Civil recibiera la autorización de colaborar en esas búsquedas.

De momento, el instituto armado ya ha dado un paso sin precedentes para auxiliar a un leonés, César Ruano, que deseaba encontrar el paradero de su padre, al que vio por última vez con nueve años a finales de 1936. Este hombre decidió ponerse en contacto con la dirección general de la Guardia Civil, en Madrid, el 14 de noviembre del 2002. En su carta confesaba que siempre había querido conocer el destino de su padre, Martín Ruano Merino, y que consideraba que había llegado el momento de hacerlo y acallar su conciencia de hijo antes de terminar sus días.

Sus palabras eran tan desgarradoras después de 67 años luchando contra la ausencia del padre, que César Ruano reconocía en la misiva que su objetivo era saber dónde estaba su progenitor para darle un último homenaje «llevando a su tumba unas flores, pero principalmente una oración, acompañado de mi esposa y mis hijos».

Paradójicamente, la dirección general de la Guardia Civil dio sus bendiciones para resolver el caso y, como se trataba de un leonés, encargó la investigación a la unidad de Policía Judicial de la 12 Zona. Los agentes partían de muy pocos datos, el nombre del desaparecido y los recuerdos de su hijo, que tenía en aquella época tan sólo 9 años.

En la memoria de César Ruano se agolpaban imágenes de una tarde de noviembre de 1936. Estaba en casa de sus abuelos en la localidad de Villabraz cuando vio cómo sacaban de la vivienda a su padre, le llevaban a casa del jefe de Falange y le introducían después en un automóvil en dirección a Valencia de Don Juan, por un camino vecinal. Nunca volvió a tener noticias.

Las primeras indagaciones de los agentes de Policía Judicial de la 12a Zona para localizar el cadáver les condujeron a Villabraz, a ojear los periódicos de la época y los registros de defunciones de los ayuntamientos cercanos y de las parroquias, según confirman fuentes municipales que colaboraron con la Guardia Civil.

Las indicaciones de los vecinos también llevaron a los agentes hasta el pueblo cercano de Regueras de Arriba, donde algunos todavía se acordaban de un hombre asesinado en el paraje de los Valles al comienzo de la Guerra Civil, al que las autoridades no dejaban enterrar. Sin embargo, entre varios hombres del pueblo recogieron el cadáver de Ruano y lo enterraron en el cementerio local, junto a la Iglesia. La tumba carecía de placa. La secretaria del Ayuntamiento de Regueras comprobó, según explicó a este periódico, que en el libro de defunciones figuraba en fechas aproximadas a la desaparición de Martín Ruano un fallecido con un disparo y cuyo cuerpo había sido rociado con gasolina y quemado.

Con todas las evidencias que reunieron los guardias civiles llegaron a la conclusión de que la persona que buscaban era el anónimo enterrado en Regueras, una de las primeras víctimas de la Guerra Civil que comenzó el 18 de julio de 1936. Su hijo ya puede llorarle.


 

Los desaparecidos de Franco

Manuel Vázquez Montalbán (Interviú, 11 de diciembre de 2000)

De nada de esto se ha hablado en la celebración de estos 25 años de paz,que han quedado a la vista del telespectador español como un milagro monárquico más cerca de los cuentos de hadas que del pragmatismo político.

En conmemoriaciones anteriores todavía aparecieron algunos políticos conspiradores y cenantes que diseñaron la transición en las sobremesas, pero esta vez ni siquiera estos pimpinelas fueron convocados. Por eso, ante el simulacro y en cierto sentido la falsificación de la Historia, han sorprendido viajes a la profundidad de la memoria prohibida, como la búsqueda de las fosas comunes donde reposan miles de desaparecidos españoles víctimas del Estado de derecho franquista y que en esta ocasión quedaron representados por ese puñado de víctimas del franquismo de El Bierzo, que el 16 de octubre de 1936 fueron paseados, recurso lingüístico utilizado por la matonería franquista para denominar las ejecuciones por la vía orgánica.

El nieto de uno de los desaparecidos, Emilio Silva Faba, relataba en La Crónica de León el pasado mes de octubre cómo su abuelo fue asesinado a tiros junto a otros trece republicanos, y abandonado en una cuneta a la entrada de Priaranza del Bierzo. Describe a continuación la odisea identificadora de los restos, que culmina con la incorporación de una placa recordatoria en el lugar convertido en fosa común, en la fosa común del tiempo (ver Interviú, números 1277 y 1282).

Quedan en España por detectar cientos de fosas comunes similares donde están los restos de los desaparecidos acusados por el franquismo, desaparecidos para siempre por prosperar el pacto tácito establecido durante de la transición de que demócratas y franquistas liquidacionistas no se tiraran la memoria histórica por la cabeza. Tal vez el censo de desaparecidos y el descubrimiento de estas fosas comunes convenza a los jóvenes militantes en su ignorancia histórica, de la injusticia que cometen cada vez que hablan del franquismo y de la guerra civil como si no fuera con ellos, como si les estuvieran hablando del general Narváez o de las germanías o del problema de sarpullido del cerezo en el Valle del Jerte. Para compensar tanta desmemoria, ojalá el Plan de Humanidades repesque la cuestión del franquismo como un capítulo importante en la historia de la infamia o, si se quiere, en la de la crueldad. Y es que Franco, mis queridos cachorros, fue el padre espiritual de Pinochet, por si ese dato os ayuda a situarlo éticamente.


 

El despertar de la Memoria: Los 13 de Priaranza
Emilio Silva • Diario 16 • Domingo 15 de enero 2001

Juan F. Falagán
Enrique González
Emilio Silva Faba
Manuel Lago

"Había mas muertos fuera del cementerio que dentro"

Primero fue una fosa con trece hombres en Priaranza del Bierzo. Después, otra con treinta y ocho cuerpos en Piedrafita de Bavia. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica trabaja para recuperar los restos de los cientos  de desaparecidos de la Guerra Civil, que se encuentran abandonados en muchos montes y cunetas de España.

La primera parte de esta historia comenzó el 16 de octubre de 1936, en la localidad leonesa de Villafranca del Bierzo. Aquella noche el calabozo del ayuntamiento estaba repleto. Después del atardecer un camión de Gaseosas Olarte se situó frente a la puerta y dentro fueron metidos quince hombres. El vehículo salió en dirección a Priaranza, un pueblo que dista algo más de treinta kilómetros. Tras él rodaba un coche donde cuatro pistoleros se preparaban para una noche laboriosa.

Dentro del camión los quince hombres sabían lo que les esperaba; eran militantes de partidos políticos de izquierda y tenían las horas contadas. Justo antes de entrar en Priaranza el camión se detuvo. El coche de los pistoleros aparcó detrás y dejó los faros encendidos, orientados hacia la cuneta. Nada más abrir la puerta trasera del camion dos de los prisioneros saltaron y salieron corriendo.

Muerte en la cuneta

Las armas no estaban preparadas pero tardaron segundos en taladrar la oscuridad y abatir a uno de los escapados. Pero el otro, Leopoldo Moreira, logró ocultarse y salvó la vida. Mientras corría hacia una de las orillas del río Sil escuchó el repicar de los disparos. Los trece compañeros con los que había estado a punto de compartir la muerte fueron arrodillados en la cuneta. Dos disparos con un proyectil de 9 milimetros les destrozaron el cráneo y la vida.

Leopoldo Moreira corrió enloquecido. El pánico impulsaba sus piernas. Durante toda la noche vagó por un valle sin saber dónde estaba ni adónde se dirigia. A la mañana siguiente la fortuna le dio una triste sorpresa; amaneció escondido junto a la cuneta donde los cuerpos de sus compañeros yacían muertos, rodeados por un montón de curiosos y un grupo de niños a los que su maestro había llevado a contemplar la matanza. Aprovechando la luz del día Leopoldo regresó a los alrededores de su pueblo y vivió escapado durante seis meses, antes de ser abatido a tiros. Ese tiempo fue suficiente para lanzar un mensaje hacia el futuro, contando a varias personas lo ocurrido y la zona en la que habia sucedido todo.

La segunda parte de esta historia comienza sesenta y cuatro años después. El nieto de uno de los fusilados en Priaranza viajó al Bierzo para realizar un reportaje periodístico. Cuando terminó sus entrevistas visitó a un viejo amigo de la familia, Arsenio Marcos. En medio de la conversación surgió el tema del abuelo fusilado y decidieron ir juntos en busca de la fosa. Llegaron a Villalibre de la Jurisdicción. Allí preguntaron a varios paisanos. Uno de ellos les dijo que en ese pueblo: "Había mas muertos fuera del cementerio que dentro". Durante cerca de una hora realizaron un macabro recorrido; fosas de dos, de tres, de cinco personas. Pero la que buscaban era de trece; de los quince, uno se escapó y el cadáver de otro fue recogido por su familia a la mañana siguiente, después de que le pagaran diez duros de la época a uno de los hombres que los había enterrado.

Una leyenda familiar

Por fin alguien les contó que a la entrada de Priaranza había una fosa con doce o trece personas. Habían pasado sesenta y cuatro años, pero el tiempo de la memoria es otro tiempo. Al llegar al lugar indicado un paisano señaló el punto exacto y dijo: "Ahí está la fosa, bajo esa nogal recrecida". El nieto miró aquel árbol con emoción. Su abuelo habia sido una leyenda familiar y se estaba concretando, su abuelo habia sido un desaparecido y había regresado, convertido en una cuneta, con una nogal y un par de testigos que recordaban cómo cuando niños el profesor les llevó hasta el lugar de la matanza para que vieran lo que les pasaba a hombres "como aquellos".

La tercera parte de esta historia comienza el 28 de octubre de 2000. Julio Vidal, un conocido arqueólogo de León, dirige los trabajos de una excavadora en una cuneta a la entrada de Priaranza, su pueblo materno, donde pasó los veranos de su vida y donde desde niño supo de la existencia de la fosa en "el paseo del corro", por donde los niños, atemorizados, pasaban corriendo. La máquina hurgaba en la tierra siguiendo las indicaciones de algunos paisanos que habían asistido al enterramiento cuando eran niños.

Seguir hasta el final

Francisco Cubero, un hombre de 85 años, que fue obligado a enterrarlos, "para que fuera escarmentando", desplegó sobre el terreno la geografía de sus recuerdos. Pero el tiempo había desordenado la memoria. Durante un día y medio la máquina abrió varias zanjas a una profundidad de metro y medio. La carretera se habia ensanchado y existia la posibilidad de que la fosa hubiese quedado bajo el asfalto. Eso habría complicado las cosas, pero una vez puesto en marcha el proceso la familia promotora de la exhumación estaba dispuesta a seguir hasta el final. Por fin, el tercer día, el operador de la excavadora anunció que había notado un cambio en la densidad de la tierra. Sacó la pala de las mismas entrañas de aquella dura historia y el arqueólogo se acercó a examinarla.

De pronto alguien gritó que se veía algo. Una suela y los huesos de un pie habían aparecido en una esquina de la pala. Todos los presentes se emocionaron; entre ellos había varios familiares de hombres y mujeres desaparecidos, en otros pueblos de la comarca, que habían acudido allí para imaginar que un día recuperarían los cuerpos de algún padre o de algún hermano.

La familia de Emilio Silva Faba, uno de los asesinados, estaba conmocionada. El nieto que había buscado sus restos había cumplido parte de su misión. Pero la historia y la memoria están plagadas de bifurcaciones.

Durante dos fines de semana los arqueólogos y los forenses trabajaron de forma totalmente voluntaria para la extracción de los restos. Los trece de Priaranza abandonaron su cuneta ante la perplejidad de un pueblo que había susurrado durante años la existencia de aquella fosa. De repente otras memorias despertaban y las historias personales abandonaban su clausura.

Apoyo municipal

Daniel Fernandez, el alcalde de Priaranza, que apoyó con esfuerzos y recursos las demandas de los familiares, se sorprendía de lo ocurrido: "Aquí hay gente que conozco hace muchos años y nunca habia sabido de sus vidas en la Guerra Civil. Y ahora de pronto, me cuentan cosas que no podía imaginar". A partir de ese momento la historia sale del letargo. En la comarca del Bierzo, donde no hubo una guerra civil que enfrentara a dos ejércitos, sino una fuerte represión de un bando armado sobre la sociedad civil, la memoria había enmudecido durante décadas. Pero cuando salió de la tierra y no la silenciaron fue un ejemplo para otros.

El nieto de Emilio Silva Faba contactó con Santiago Macias, un joven de 28 años que llevaba mucho tiempo haciendo hablar a la gente, recogiendo sus historias, restaurando en el ordenador sus viejas fotos. Juntos inscribieron en el Ministerio del Interior la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, un proyecto que trata de rescatar a todos los olvidados: "sus cuerpos y sus vidas".

La cuarta parte de esta historia comienza el pasado 21 de diciembre de 2000. Ese día el Consejo Comarcal del Bierzo aprobó por unanimidad (24 consejeros del PSOE y 23 del PP) una moción en la que se solicita a las administraciones central y autonómica que "corran con los gastos de investigación, exhumación e identificación de los cadáveres que se encuentran en fosas comunes como consecuencia de la represión sufrida por estos ciudadanos españoles en tiempos de la Guerra Civil". Y además piden la creación de una comisión de la verdad "que realice las investigaciones necesarias para dar a las personas que participaron en la Guerra Civil el tratamiento histórico que se merecen".

La moción del Consejo Comarcal del Bierzo tiene ya un lugar en la intrahistoria y es un ejemplo de verdadera reconciliación nacional y de una apuesta por los derechos humanos. Para la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) es un primer paso. Todavía quedan muchos por andar, la historia ha permanecido aletargada durante mucho tiempo. Un ejemplo son los miles de archivos que continúan sin ser desclasificados, bajo la jurisdicción militar.

En El Ferrol se calcula que puede haber 16.000 expedientes individuales de juicios ocurridos en la provincia de León. De Cantabria hay 12.000. Toda esa información histórica está cerrada al acceso de familiares e investigadores. De los trece de Priaranza sólo se tienen nueve nombres. Los otros cuatro podrían estar en una carpeta dentro de un expediente, pero los familiares y promotores de la exhumacion se han chocado contra un muro a la hora de querer escarbar  en un archivo que contiene tanta historia de este país. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica trabaja en varios frentes. Santiago Macías, su portavoz, ha puesto todo su empeño en sacarla adelante: "El problema de las fosas es muy grave y es una cuestión básica de derechos humanos. Pero también es preocupante la falta de testimonios.

Trabajando en sus fines de semana

La generación que vivió aquellos acontecimientos es muy mayor y poco a poco sus huellas se van borrando. Este es el momento de rescatar sus vivencias y crear una gran biblioteca urgente de la memoria, algo que creemos muy importante para la historia y la actual democracia española. No podemos dejar que todo ese patrimonio se pierda". Los partidos políticos con representación parlamentaria se han repartido recientemente 500 millones de pesetas para investigar las consecuencias de lo que ocurrió. "Ese dinero bien empleado puede servir de mucho, pero hay que controlar que los estudios se desarrollen y se gaste hasta la última peseta", asegura Macías. En cuanto a Los Trece de Priaranza, sus restos se encuentran en fase de identificación. Los forenses trabajan en sus fines de semana realizando una costosa labor que de haber tenido un precio no habría podido ser financiada por los familiares.

La Administracion no colabora

La Administracion no colabora con una labor humanitaria como esa. Si los datos que han aparecido en la fosa no permiten la identificación de alguno de ellos la Universidad de Granada, y el programa Fénix, se encargarán de realizar las pruebas de ADN. Algunas pistas han aparecido. Uno de los cuerpos tenía un peine junto a la pelvis. En él habia una inscripción en la que se leía:"New York, 1935". El arqueólogo, Julio Vidal, ha contactado a través de Internet con una asociación de coleccionistas de peines de Estados Unidos que está investigando si en los años treinta ese modelo se exportaba a España o pudo comprarlo alguien que viajó allí.

Emilio Silva quería bajar el primero del camión

También se ha encontrado el metro de un sastre. Además había monedas, unos gemelos, la cremallera de un mono, algunas monedas o los broches de unos tirantes. En unos meses las familias podrán recuperar los cuerpos que durante sesenta y cuatro años permanecieron en una cuneta. Uno de ellos era mi abuelo.

Emilio Silva Faba, que murió con 44 años y dejó viuda y seis hijos. Sé que mi abuelo, cuando iba en el camión, les pidió a sus compañeros que le dejaran bajar el primero, porque no quería que lo último que vieran sus ojos fuera aquella terrible ejecución. A menudo trato de presentir el miedo que el pudo tener en un viaje tan tremendo y definitivo. Para mí había sido una vieja historia familiar. Siempre me sentí orgulloso de él, de su obsesión por acabar con el analfabetismo, de su idea de la justicia. Mi abuelo era un comerciante con recursos y su familia se quedó sin nada tras su muerte. Ahora, tras la apertura de su fosa, ha recuperado parte de la dignidad que merecía.

El "libertador de la villa"

Pero todavía uno de los militares que iniciaron las ejecuciones que terminaron con su muerte sigue teniendo en Villafranca del Bierzo un pilón que lo define como "libertador de la villa". Todavía la historia tiene que dar unas cuantas vueltas hasta que logremos abrir la última fosa y la memoria encuentre el lugar que se merece, lejos del silencio.

Emilio Silva (e-mail)


 

Recuperar la memoria histórica
Santiago Vega (Dep. Geografía e Historia)


Se está hablando mucho últimamente de la necesidad de recuperar la memoria histórica: se ha celebrado un congreso recientemente en Barcelona sobre las prisiones del franquismo, hay varias asociaciones dedicadas a la «recuperación de la memoria», se han producido iniciativas parlamentarias en el mismo sentido, lo que nos da a entender que habíamos perdido nuestra memoria histórica, y eso es muy grave y peligroso, porque un pueblo sin memoria es un pueblo vacío; si no conocemos el pasado estamos condenados a repetirlo. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de memoria histórica? En una primera aproximación diremos que es conocer y valorar el pasado común.

Uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia reciente de nuestro país es la Guerra Civil, oficialmente desarrollada desde 1936 hasta 1939, aunque para muchos españoles sólo acabó cuando Franco murió, pues hasta su último aliento se encargó de mantener vivo el «espíritu del 18 de julio», fecha de su sublevación contra la legalidad constitucional vigente en 1936. En toda guerra civil, que es un enfrentamiento cruel entre hermanos, se producen excesos sangrientos, lo que denominamos represión. Pues bien, la represión republicana, ejercida por el bando que defendía la legalidad y que había sido derrotado en la lucha, fue condenada, y las víctimas que provocó fueron consideradas mártires de la «Cruzada» (como nombraron los vencedores a su batalla contra la democracia) y enterrados muy cerca de aquí, en el Valle de los Caídos, que es todavía, en el año 2002, un homenaje exclusivo a los triunfadores de la guerra. Por el contrario, las víctimas de la represión franquista fueron silenciadas, como no podría ser de otro modo, por la dictadura de Franco, pero lo que ya no parece tan normal, en los 25 años transcurridos desde las primeras elecciones democráticas, es que tampoco recuperaron su sitio en la memoria oficial de la democracia.

La explicación oficial para justificar este silencio de las instituciones era no reabrir viejas heridas, no herir la sensibilidad de los vencedores de la guerra civil. El espíritu de la Transición supuso una serie de costes, entre los que destaca el silencio y el olvido de todas las víctimas provocadas por los sublevados. Éste fue el elevado precio pagado por la democracia a los herederos del régimen franquista para que no se levantaran de nuevo (recordemos el golpe de estado del 23 de febrero de 1981). Las víctimas de la represión franquista sufrieron una segunda derrota, una segunda frustración, con la llegada de la democracia, pues al silencio impuesto por la dictadura le siguió el silencio impuesto por la Transición.

Los familiares de las víctimas han tenido que soportar todo tipo de vejaciones y humillaciones durante la dictadura, algo consustancial a un régimen autoritario, pero con la democracia no han llegado a resarcirse con, al menos, la satisfacción de ver reconocidos a sus muertos como lo que eran: defensores de la libertad contra el fascismo, como sucede en la actualidad con las víctimas provocadas por el terrorismo de ETA, a las que se les reconoce como defensores de la libertad. Durante la guerra y los cuarenta años de dictadura implantada por los vencedores hubo multitud de luchadores que pagaron con su vida la defensa de la libertad y todavía en veinticinco años de democracia no se les ha otorgado el reconocimiento que merecen. Sus familiares quieren recuperar sus cuerpos, todavía sepultados donde los dejaron sus verdugos: cunetas, pinares, barrancos, etc.; tienen que procurarse los medios y pagarlos de su propio bolsillo para lograrlo, porque el Estado hasta ahora ha eludido su responsabilidad. Por fin, el pasado 20 de noviembre el Congreso aprobó, por unanimidad, la condena del golpe de estado del 18 de julio y la rehabilitación de los defensores de la República, lo que supone que el Estado se hará cargo de los costes de las exhumaciones, como era de justicia.

La página negra de nuestra historia reciente, la represión franquista, hay que pasarla definitivamente, pero, antes debemos escribirla y leerla, puesto que el conocimiento de nuestro pasado es fundamental para profundizar en la convivencia democrática, basada en la superación de viejos tabúes y en el respeto al pensamiento discrepante.


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