EL DEBATE ACERCA DE A TRANSICIÓN
Fecha Miércoles, 13 abril a las 07:51:47
Tema General


PSICOANÁLISIS DE LA TRANSICIÓN

POR Justo Serna

http://justoserna.bitacoras.com/

La Transición política española y sus verdades aceptadas y sus hazañas menores, que despertaron la admiración de los contemporáneos, están siendo revisadas en los últimos años.



No sólo los historiadores o los sociólogos o los periodistas han regresado a aquel tiempo para abordar la trayectoria, las conquistas, las renuncias y los pactos.

También los novelistas están ambientando en esa época relatos que toman el final del franquismo o el inicio del sistema democrático como trasfondo y como espacio vital en el que rememorar las expectativas o los fracasos, lo alcanzado o lo perdido con un tránsito político que no fue resultado de ningún diseño particular, sino obra, ganancia o saldo de todos.

Hay ya novelas en las que se aborda el consenso que se dio entre distintas generaciones de españoles: el derribo controlado, el acuerdo cauteloso, sensato o timorato, según se vea, que puso fin a las instituciones del Régimen. ¿A todas las instituciones y sus hipotecas?

¿Se hizo justicia con las víctimas de la dictadura zanjándose las deudas pendientes o expiándose los delitos y el dolor ocasionados?

‘Paulino y la joven muerte’ es una novela corta de Miguel Veyrat publicada meses atrás, un texto en el que dos personajes que viven en Madrid se conocen, se reencuentran y se auxilian a lo largo de ciento veintinueve páginas.

Hablamos de un periodista español, Andrés Rosseta, el narrador de la historia, y Paulino Lafrenta, un limpiabotas amigo del anterior y protagonista involuntario del relato.

Son dos hombres ya maduros, en el ‘retour d’age’, como diría Josep Pla, dos hombres que han vivido lo suyo, que acumulan experiencias de ese mundo hostil que es siempre el que nos toca, un mundo que en ocasiones aún es más inhóspito, como lo fue el de ambos bajo el franquismo.

La historia que se nos relata tiene su origen en la última contienda española, se prolonga durante una posguerra inacabable y su desenlace ocurre ya en nuestros días, en los inicios del nuevo siglo.

En poco más de cien páginas caben años y años de historia menuda y grande y, con el milagro de la elipsis, un novelista puede acopiar un tiempo vastísimo allí condensado en lo esencial.

En las ficciones, ya lo dijo Mario Vargas Llosa, tan importante es lo que no se dice como lo que se excluye o se silencia. A este mundo y a este tiempo que no se relatan expresamente lo llamamos ‘espacio vacío’ y a ese hueco narrativo que se sobreentiende o que se oculta van a parar los hechos que se juzgan irrelevantes o redundantes, que no atañen o que no añaden, o aquellos otros que deliberadamente se eluden para construir una intriga más cautivadora.

Durante páginas y páginas, Miguel Veyrat no nos da lo fundamental, el núcleo de una intriga que sólo se revela en el capítulo cuarto: es el ‘dato escondido’ del que hablaba Vargas Llosa en su teoría de la novela.

Para el escritor peruano, el dato escondido, que muy frecuentemente alude a hechos siniestros, a alguna vergüenza de la que no se habla, a alguna violencia que se entierra, no debe revelarse de manera expresa por el narrador.

¿Por qué razón? Porque su mención no es precisa para relatar unos avatares y conferirles toda la fuerza de su significado ambiguo.

Piénsese en ‘Conversación en La Catedral’, que alude de manera indirecta a la figura odiada y vergonzosa del padre, o piénsese en ‘Santuario’ de William Faulkner, una novela en la que, como nos recordaba Vargas Llosa, la violencia originaria de la historia (la violación con una mazorca llevada a cabo por un impotente Popeye) perturba todas las relaciones humanas sin que nadie describa esa sevicia.

En ‘Paulino y la joven muerte’, hay violencia originaria y hay un padre que la inflige, un pasado espantoso exactamente reprimido en la memoria de Paulino Lafrenta. Pero ese crimen remoto se destapará inducido por los recuerdos que se activan y que estuvieron ocultos en el limpiabotas.

No por mera coincidencia, el apellido de protagonista es Lafrenta, la afrenta que a él se le infligió, un ultraje: asistir siendo un muchachito a una escena primitiva de violencia.

Para Freud, la escena originaria de la que todo niño debe reponerse y a la que hará frente a lo largo de la vida es la de la cópula de los padres, indescifrable para la tierna mente de un infante.

Para Freud, la violencia originaria es la muerte (real o simbólica) del progenitor a cargo de los hijos, una colusión de hermanos que permite repartirse el botín del padre, su autoridad o sus bienes.

Para Paulino Lafrenta, la escena originaria es la de un padre que, en medio de las crueldades de la guerra civil española, asesina brutalmente, con humillación y con saña, a dos ‘rojos’ en un lugar en el que, después, se ajusticiará a una veintena más de desafectos, un padre que morirá y que le llevará al futuro limpiabotas a una orfandad de hospicio, cuyos avatares no detallo, y a una supervivencia adulta menesterosa y triste bajo una dictadura de duración inacabable.

Cuando el relato comienza, Paulino ya se ha retirado de su humilde industria, es un viudo inconsolable, y sobrevive vigilando el comercio de las prostitutas para un narcotraficante.

El tratante de blancas le paga en especie, con polvo también blanco que él vende para obtener humildes ganancias, un mercadeo que le lleva a vivir su particular ‘camino de perdición’: con algún drogota, llamado significativamente Abel, como el personaje bíblico, que muere y por lo que Paulino deberá escapar, sintiéndose como un vulgar Caín, ayudado en este caso por su viejo amigo el periodista Andrés Rosseta.

Esas páginas en las que ejerce de ‘camello’, de ambiente nocturno en un Madrid acanallado y delictivo de yonkies, son probablemente lo mejor de la novela.

He evocado antes a Freud y no creo haberlo hecho arbitrariamente, puesto que la clave de esta novela está en el acto de recordar, en el papel de las reminiscencias reprimidas que a partir de un determinado momento regresan gracias a la acción reveladora a que inducen el narrador, Andrés Rosseta, y un lugar, un espacio de la memoria: un viejo molino.

En efecto, el brutal crimen que se remonta a la Guerra Civil se había cometido en los alrededores de un molino, en una población rural, en la que el padre de Paulino desempeñaba el oficio de molinero precisamente.

Por coincidencias de la vida, esa vieja factoría ya en desuso, en estado casi ruinoso, será la misma que el narrador compre años después, ya muerto Franco, como segunda residencia, como vivienda a restaurar y a la que escaparse: un molino semidestruido que expresaba simbólicamente el derrumbe moral y psíquico que por aquellas fechas acusaba el propio el periodista.

El descubrimiento de esa casualidad, de esa chiripa, permitirá que Paulino pueda recluirse allí, alejándose del mundo delictivo en el que menudeaba coca, pero permitirá también una epifanía liberadora: el recuerdo de aquellos muertos que pesan en el psiquismo herido del Paulino niño y la exhumación real y metafórica de aquella veintena de muertos que no descansan y a los que no se les hizo justicia.

En esta novela no hay ese dato escondido del que es partidario Vargas Llosa, puesto que a la postre se revela lo que estaba sepulto o ignorado u olvidado, y no hay dato escondido porque no puede haberlo: Andrés Rosseta opera como un doctor Freud (así se califica a sí mismo el propio periodista) que induce y anota, que da forma al ‘relato clínico’ del protagonista, a su hablar, hablar, hablar desordenado, confuso e irresuelto, como en una terapia psicoanalítica en la que la asociación libre lleva a la revelación de lo reprimido o censurado. Y lo reprimido en Paulino es ‘lo siniestro’.

Para Freud, ‘lo siniestro’, esa parte extraña que se aloja en nuestro interior y que no conocemos, es lo que siendo familiar se reprimió y amenaza con volver para destruir el difícil e inestable equilibro psíquico que el adulto ha conseguido.

Pero contener esa parte, obrar como si no existiese, es patológico, como patológica ha sido la vida de Paulino, y sólo su exhumación dolorosa (la escena primitiva, la violencia originaria) le permitirá sobrevivir, ya anciano, sin más dolor sobreañadido.

Admitir qué padre se tuvo es una atormentada enseñanza para el protagonista, qué duda cabe, y sólo el acuerdo con la realidad impide la podredumbre.

Los padres siempre son decepcionantes y, justamente por eso, hay muchachos que sueñan con una ‘novela familiar’ reparadora, la novela familiar del neurótico la llamaba Freud: con un padre fantaseado que vendrá algún día y que reemplazará a ese impostor que dice ser nuestro progenitor y que usurpa su lugar.

Pero en Paulino no hubo ni siquiera la posibilidad de la fantasía, no hubo ni siquiera la esperanza de su propio embuste: para él todo fue oscuridad y vacío.

El molino, como lugar de la memoria, desentierra lo que estaba sepulto y esa epifanía sienta las bases, según le dice el propio narrador, de una vida reconciliada.

Es evidente que hay en este libro una deliberada carga simbólica, quizá excesiva, de origen bíblico (como también la hay en los relatos atroces de Faulkner) y que la exhumación de cadáveres y de recuerdos reprimidos es literal, pero a la vez es un trasunto de lo que a la voz narradora le parece que debería hacerse con la historia colectiva: es un apólogo crítico, extremadamente crítico, sobre la Transición española, sobre las deudas de una transición que a su juicio no se saldaron, sobre las injusticias que los acuerdos constitucionales no repararon. Esa idea está hoy muy presente entre una parte de la izquierda, representada sobre todo por dos generaciones: la de una parte de quienes vivieron en pleno el franquismo, la de quienes les fue hipotecado lo mejor de su existencia por una dictadura católica y militar, sintiéndose en algunos casos estafados por los posteriores acuerdos constitucionales; la de otra generación, la que creció ya en democracia, y que también en algunos casos ni acepta ni entiende las renuncias de la oposición antifranquista. Hoy se revisa la Transición y por eso hay muchos que exigen desenterrar los muertos, destapar las fosas que la democracia no removió.

De ahí procede precisamente el título de la novela de Veyrat: esa “joven muerte” es así la pérdida no devuelta ni compensada, esa crueldad oculta que impide descansar a los viejos asesinados.

La tesis es muy interesante y discutible, porque nos hace creer que, en efecto, hay un pasado enterrado que es una laceración no cauterizada por la que alguien debería pagar, como si la Transición hubiera sido una sucesión de derrotas sin justificar, como si la llegada de la democracia hubiera traído un régimen defectuoso principalmente por las abdicaciones y la desmemoria de la izquierda y del antifranquismo, ya digo.

Creo que esta tesis fuerte es ciertamente dudosa, porque el advenimiento del sistema parlamentario se hizo a partir de una circunstancia histórica bien concreta y los lastres que supuso (la larga duración del franquismo y sus herencias, un golpismo amenazante, la dificultad de hacer justicia retrospectiva, etcétera) no fueron fruto de la desmemoria, sino del consenso.

Decía Santos Juliá en un artículo de ‘Claves de razón práctica’ que la Transición fue resultado de un ‘echar al olvido’, que no es lo mismo que olvidar, un deliberado ejercicio de no tener en cuenta la espantosa represión franquista, las respectivas crueldades y los horrores cometidos en la guerra por ambos bandos.

Hágase justicia aunque perezca el mundo no fue precisamente el propósito de aquella izquierda que facilitó el advenimiento de la democracia: primero, porque no podía aplicar sobre un país tan profundamente ‘franquistizado’ por años y años de régimen dictatorial una terapia de extirpación; segundo, porque la propia izquierda tendría que haber revisado su contribución a la violencia en una guerra en la que, más allá de los lances bélicos, muchos contendientes republicanos añadieron suplementos punitivos de una gran crueldad; tercero, porque, lejos de ser fruto de una amnesia, el acuerdo constitucional era resultado del esfuerzo de no repetir lo que tan bien se recordaba.

Probablemente Miguel Veyrat o su narrador no estarán de acuerdo con esta conclusión a la que llego, pero les pido que me la acepten, aunque sólo sea por las deudas de mi propia generación, esa generación que nació a finales de los años cincuenta, justamente cuando acababa la autarquía franquista, cuando despuntaba un desarrollo turístico que parecía amenazar la estabilidad del orden católico, cuando empezaba la oposición universitaria al Régimen y, sobre todo, cuando comenzaba la televisión, cuando comenzaban sus emisiones en España.

Es decir, pertenezco a la primera generación estrictamente catódica, aquella primera generación que se desprendió de la creencia católica más ultramontana gracias a la televisión que aprendió a ver, una televisión que, pese a la censura, mostraba el mundo pagano y un entorno de fábula, el de la Europa desarrollada.

Cuando llegó la Transición agradecí el acuerdo constitucional que nos iba a llevar al Mercado Común y que me iba a permitir vivir sin aquel régimen tiránico y sobre todo supe ver en aquel consenso tan pronto denostado el único frente que oponer a los golpistas que nos amenazaban. Lo siento, pero es así como lo veo.

Precisamente por eso, la analogía psicoanálisis-epifanía de Paulino que está en la novela de Veyrat es quizá algo forzada. En el tratamiento terapéutico de Freud, la vuelta del recuerdo reprimido no repara lo ocurrido tiempo atrás ni compensa por las derrotas o las miserias de la existencia.

En el psicoanálisis, el tratamiento permite al paciente madurar con un dolor soportable y con tristeza humana, la precisa, la exacta, sin mayores añadidos punitivos, aceptando lo que siempre es un pasado espantoso cuyo reflejo y cuyo conocimiento nos hacen sobrevivir con tristeza y con mayor sabiduría.

Lamentablemente, la justicia, la reparación a que tiene derecho una colectividad que sale de una larga dictadura de origen guerrero, es otra cosa, más costosa, más lenta, que no se resuelve con epifanías.





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