Los familiares que se acercan a la excavación, la primera de Canarias que usa metodología científica, buscan desesperadamente algún resto que pueda identificar a su ser querido. Un diente de oro, por ejemplo, puede ser clave para individualizar a un cadáver. Los parientes de los represaliados sufren a menudo altibajos emocionales porque las esperanzas albergadas por la mañana se pueden desvanecer por la tarde. Hasta que no concluye la investigación, los huesos no tendrán nombre y apellido. Las tareas están siendo dirigidas por la arqueóloga Verónica Alberto.
Mi abuela murió sin saber dónde estaba su marido. No sabía si seguía vivo o si había muerto. De hecho, no volvió a saber nada de él desde que en la madrugada del 20 de enero de 1937 lo arrancaron de su casa, lo maniataron, lo golpearon y se lo llevaron, decían, al convento de San Francisco, en Santa Cruz de La Palma, donde entonces estaban los calabozos de los militares franquistas. Hacía poco más de tres años que se habían casado y con 26 años no se resignaba a ser viuda. Buscó, preguntó, le llevó ropa, dinero y comida a la cárcel. Nadie le dio razones de él. No hubo cuerpo que velar ni tumba en la que poner flores. En 1937, hasta legalmente se había quedado sin marido.

Hace cuatro días mi madre tocaba los primeros huecesillos que aparecieron en la fosa de Fuencaliente como si pertenecieran a su padre. «Sólo pensaba en papá, en que aquellos deditos pegados a la suela de alpargata podían ser los suyos... y en mamá, que se murió sin saber nada de él», dice.
El reloj que a mi abuela se le paró hace casi 70 años volvió a funcionar el miércoles. «Y que nadie me diga que hay que olvidar...», repite mi madre una y otra vez cuando ve que la burocracia hace que los minutos se eternicen en permisos y protocolos para poder desenterrar a su padre. «Cuando encontramos las alpargatas fue el día más feliz de mi vida porque encontré a mi padre. Seguro que hubiese sido el día más feliz de la vida de mi madre si estuviera viva».
Pero mi abuela murió apenas un año antes de que oyésemos hablar por primera vez de la vaguada del Lomo de la Faya, en Fuencaliente, donde fusilaron y enterraron a muchos de los alzados contra los militares golpistas. En casa nos quedamos con la duda de su reacción si, como mi madre, hubiese visto el nombre de su marido estampado en un artículo periodístico, identificado como uno de los llamados Los 13 de Fuencaliente, y el lugar donde estaba su cadáver perfectamente identificado. Ella vivió casi medio siglo esperándolo, como lo esperó cuando se fue a Cuba a hacer fortuna para casarse.
Silencio. Muchos años tuvo mi abuela que trabajar duro para sacar adelante a sus hijos, uno de dos años y medio y otra de apenas uno. Sus hermanos recuerdan que fue duro verla regresar a casa de su padre con sus niños, pero en La Galga también recuerdan que nunca bajó la cabeza, atreviéndose incluso a escupirle a la cara a un tal Ballesteros, uno de los guardias civiles que se llevó a su marido a rastras. También lo oyeron a él amenazarla con sacar la pistola y matarla allí mismo.
Mi abuela calló y aguantó mucho, como todas las abuelas a las que los franquistas les mataron los maridos. Ellas sufrieron las vejaciones y las miserias de la guerra, porque fueron las que se quedaron y tuvieron que convivir hasta la muerte con quienes mataron a sus maridos, con su vecino de enfrente, que nada más estallar la guerra se alienaron con los golpistas para ajustar sus cuentas.
Con ellos convivió mi abuela y con sus hijos y sus nietos convivimos mi madre y yo. Mi tío, que emigró a Venezuela muy joven, no olvida cómo hace años se acercó a saludarlo «uno de los que se llevó a papá y a decirme que lo pasado pasado está... casi lo ahogo».
Las primeras flores en casi 70 años
Nunca había habido flores en la tumba de Miguel Hernández Hernández, Floreal Rodríguez Pérez, Víctor Ferraz Armas, Sabino Pérez García, Vidal Felipe Hernández, Antonio Hernández Guerra, Eustaquio Rodríguez Cabrera, Manuel Camacho Lorenzo, Dionisio Hernández Cabrera, Aniceto Rodríguez Pérez, Segundo Rodríguez Pérez , Ángel Hernández Hernández y seguramente algún otro sin identificar que yacen en la fosa de Fuencaliente hallada el miércoles. Marila, Aralda y María Victoria les llevaron flores el jueves. Uno de los ramos tenía los colores de la bandera republicana.
La fuerza de las hijas y las sobrinas
Marila y Aralda se encontraron en 2004 con que los familiares de los otros desaparecidos de la Guerra Civil que seguramente estaban en la misma fosa que su tío y su padre no querían saber nada. Querían olvidar. Ellas movieron cielo y tierra hasta que se encontraron con la abogada María Victoria Hernández que la animó a hacer lo mismo que los hijos de Francisco Rodríguez Betancor, alcalde republicano de Los Llanos de Aridane, en 1994: denunciar en el juzgado la desaparición y excavar la fosa. Los tres jueces que les permitieron ponerse a excavar también
son mujeres.
Los donantes de memoria se mueren
Las historias más oscuras de la Guerra Civil se contaban en las casas, a escondidas. En La Palma, en todas las casas había alguien que sabía que en Fuencaliente los falangistas habían fusilado y enterrado a decenas de personas, pero nadie hablaba. Ahora empiezan a hacerlo. Desde que el miércoles se abrió la fosa común del Lomo de La Faya decenas de personas se han puesto en contacto con los familiares que estuvieron excavando allí para contarles su historia, para decirles que ellos también tiene algún familiar en Fuencaliente. Vecinos de Víctor Ferraz, del grupo de Los 13 de Fuencaliente, llamaron el jueves para contar como la abuela, ya fallecida, increpó hace más de 40 años al dentista que acudió a sacar una muela a alguien de los Ferraz diciéndole: «Matastes su hijo y ahora le vienes a sacarle la muela». El dentista negó que hubiera participado en el asesinato de Víctor Ferraz, pero sí le dijo que sabía donde estaba enterrado. También familiares de Manuel Camacho Lorenzo, de Tazacorte, han hablado y quieren saber de sus restos. De Puntallana, la hija de una anciana encamada desde hace años ha contado estos días que su madre recuerda perfectamente cuándo capturaron a los alzados de Puntallana y quiénes fueron los que lo hicieron. Está dispuesta a dar los nombres que durante décadas no se atrevió a pronunciar. Melo Pérez Díaz fue de los primeros que contó lo que su padre sabía y le encomendó para que se lo dijera a las familias de los desaparecidos. Melo tiene más de 70 años, su padre ya murió y como él muchos de los donantes de memoria están desapareciendo. Los que quedan son los hijos y nietos, que repinten las historias para que no desaparezcan en el olvido.
Las suelas de alpargata que avivaron sentimientos en La Palma y en Arucas
Melo Pérez Díaz llegó el miércoles a la vaguada del Lomo de La Faya convencido de que justo en el lugar donde él iba a indicar se encontrarían restos humanos. Y así fue. A los tres cuartos de hora de empezar a excavar apareció la suela de alpargata del número 41. La respiración de los que estaban en Fuencaliente cavando con picos y azadas se paró. También se paró la de los familiares de los desaparecidos en los pozos de Arucas. No se podían creer que a cientos de kilómetros, en La Palma, gente como ellos que llevan años reivindicando y reclamando recuperar a sus muertos estaban a punto encontrarlos.
Pino Sosa lloró cuando se enteró que habían encontrado una suela de alpargata y que un par de paladas más abajo la otra suela con los huesecillos de dos dedos pegados y luego más huesos, un cráneo con agujeros de bala, otro. «No puede ser, no puede ser...» decía Pino emocionada. La reacción de su prima Balbina Sosa fue exactamente la misma: «Tú no me digas que Aralda encontró a su padre», repetía una y otra vez.
Balbina, Pino y Saro Suárez conocieron a Aralda en la Universidad de Verano de La Gomera a donde acudieron para participar en una jornada temática dedicada a la recuperación de la memoria histórica que coordinaba el historiador de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Sergio Millares. Allí también conocieron a Juana Casañas, de El Hierro, y a José Gil, de La Gomera, todos familiares de represaliados de la Guerra Civil.
En Arucas, Pino, presidenta de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas, decía el miércoles que era como si estuviera abriendo donde estaba su padre. «Si mi padre estuviera donde está el padre de Aralda yo ya no tendría ni uñas ni dedos de escarbar la tierra». Balbina advierte que «si los nuestros aquí hubieran estado en la orilla del camino, como los de La Palma, ya no tendría dedos; A mi que no me hablen de legalidadades para abrir las fosas como le está ocurriendo a Aralda, porque nosotros no hemos cometido una ilegalidad porque no podemos, porque nuestros muertos están a 50 metros de profundidad, en pozos y cubiertos con cemento».
La historia repetida en miles de ocasiones
Matrimonio ilegal. Después de pasar casi cuatro años en Cuba «para hacer algo de dinero y poder casarnos», contaba mi abuela, por fin, 7 de octubre de 1933 Segundo Rodríguez Pérez y Engracia Hernández Hernández contrajeron matrimonio civil en el Ayuntamiento de Puntallana, al que pertenecía el pueblo de La Galga. Ella llevaba un vestido blanco corto y un bonito sombrero «como los que se usaban entonces», contaba siempre. «¿Y él como iba?», le preguntábamos mi hermana y yo, «pues guapo, cómo va a ser». El matrimonio quedó anulado cuando concluyó la Guerra Civil, como todos los actos administrativos de la República, y mi abuela no se quedó viuda, sino que se convirtió en madre soltera. Nunca tuvo una pensión de viudedad.
Años de búsqueda. Los años que siguieron a la desaparición de mi abuelo fueron los peores. La noche que se lo llevaron, mi abuela casi se vuelve loca. Sus gritos alertaron a los vecinos, pero nadie fue a consolarla, «sólo tío Cipriano que me oyó gritando y atravesó el barranco y vino corriendo a estar con migo», contaba mi abuela cuando alguien le preguntaba. Al día siguiente lo vio por última vez a su marido unos segundos. Estaba en un camión amordazado y atado junto a Ángel Hernández. Durante años preguntó por él pero nadie le dio razones. Los hermanos y los vecinos le impidieron muchas veces ir a cavar al Barranco Hondo donde le habían dicho que estaba enterrado. A punto de morir, con 91 años, se acordó de su marido.
Bajo piedra. Si hoy estuviese viva y con 95 años, mi abuela habría ido a excavar en Fuencaliente. Y hubiese visto que los restos de su marido y de los otros estaban aprisionados con piedras, que estaban enterrados «como se enterraba antes a los animales para que los perros no los desenterraran, con piedras encima».